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Que todos tengan vida en abundancia (Juan 10, 1-10)

Publicada en 7 · may · 2017

 

Domingo 7 de Mayo del 2017

4to Domingo de Resurrección – Ciclo “A”

Estamos ya en la 4ª Semana de Resurrección y la Liturgia nos invita a revisar nuestra capacidad de servir, cuidar y defender la vida de las personas.

El Evangelio de Juan (10,1-10) que meditamos esta semana va más allá de la consideración individual sobre la atención a las personas, tipificado en la figura del buen o mal pastor, para destacar las implicaciones sociales, políticas, culturales y religiosas del cuidado y defensa de la vida.

Para Jesús, el cuidado de la vida comienza por la relación de bondad que podamos establecer con la gente. Quien diga tener interés por valorar y defender a las personas, ha de empezar por conocerlas de verdad.

Conocer a las personas requiere salir de uno mismo y de las propias convicciones, para encontrarnos con la realidad de los demás. Conocer es colocarnos en el lugar del otro, en sus temores o confianzas, en sus inseguridades o certezas, en sus búsquedas o extravíos. Es asumir que el otro es parte de mí, de mis alegrías y de mis esperanzas. Sin los otros, jamás seré viable.

Quien se dispone a conocer a las personas ha de superar la frialdad que muchas veces se tiene en el trato cotidiano. Ha de aprender a escuchar y a hablar a fondo, con autenticidad. Y sobre todo, ha de eliminar la falsedad, el abuso del poder, la malevolencia y el desprecio hacia la vida ajena. Sólo así podrá ser reconocido. Lo contrario, como dice Jesús: sería actuar como un extraño, forajido o como un bandido.

Convertirnos en abridores de puertas, es la otra clave de este Evangelio. ¡Cuántas puertas cerramos! ¡A cuánta gente le trancamos el paso! Y lo peor es que cuando cerramos puertas, siempre encontramos buenas razones para persistir en esta actuación perversa.

La generosidad de toda persona se mide por la capacidad que tenga de abrir o cerrar puertas. Quien abre puertas erradica miedos, resentimientos, maldad y odios; hace posible el cambio y la novedad. Lo contrario, como dice Jesús: sería entrar por asalto a la vida para robarla y saquearla.

Jesús ha dicho: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia, que no es otra que la abundancia de Dios. Nuestra capacidad de cuidar a la gente y de abrir puertas para su paso, no puede ser menos que la de Dios, abundante.

Que la experiencia de la Resurrección nos haga dar la vida sin reservas y sin preguntar en beneficio de quién la damos, para que nuestro cuidado, servicio y defensa de la vida, se conviertan en un amor más fuerte que la muerte.

  Por: Gustavo Albarran, SJ

Sean Buenos

Buenos en su forma de hablar y de escuchar. De este modo experimentarán, una y otra vez, la paciencia, el amor, la atención y la aceptación de eventuales llamadas.

Sean buenos en sus manos: Manos que dan, que ayudan, que enjugan las lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo para infundir valor.

Buenos en sus palabras, para que lleguen al corazón del adversario y lo inviten al acuerdo, al cambio. Palabras que sepan llegar a quien sufre, sobre todo si sufre por nuestra culpa.

Sean buenos en su actuación: Una actuación sin doblez, ni mentira. Que no claudica, pero tampoco intransigente. Que considera primero el beneficio de todos antes que al suyo propio.

Sean muy buenos.

(Cf. Pedro Arrupe)