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Que ningún sepulcro impida que amanezca la vida para siempre (Juan 11, 1-45)

Publicada en 2 · abr · 2017

Domingo 2 de Abril del 2017

5ª Semana de Cuaresma – Ciclo “A”

En la 5ª y última Semana de Cuaresma, la Liturgia nos plantea que el destino definitivo del hombre no es la muerte sino la vida. A partir de la resurrección de Lázaro, el evangelio nos invita a salir de los sepulcros de la mentira, la maldad y la muerte.

Jesús ha estado muchas veces en Betania con María, Marta y Lázaro. Betania, con su gente, y especialmente con Lázaro y sus hermanas, se ha convertido en un lugar muy importante en la vida del Señor. Esta amistad mantiene flotando en el ambiente el olor del perfume de nardo puro con el que María había ungido tiempo atrás a Jesús en medio de una comida conflictuada.

A Jesús le avisan que Lázaro está moribundo, pero Él responde: Esta enfermedad no terminará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios. Y es que hay situaciones crudas, difíciles, indebidas, inhumanas que no caben en sepulcros ni pueden quedar en el olvido. Dios mismo las asume como asunto suyo. Él no dejará de ser Dios.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro, es decir, que nada se podía hacer. Hasta lo más elemental, que es el cuerpo, estaba ya corroído. Y es ahí donde Dios se manifiesta abriendo paso a una luz que poco a poco va convirtiéndose en indomable apuesta e inquebrantable esperanza.

Dios no cerrará jamás la puerta a la vida, a la libertad, a la dignidad: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. La misma muerte, y cuánto más aquella muerte provocada por la mentira, el odio o el abuso de poder, no se borrará jamás, al contrario, vuelve a la vida a cada instante ya sea como memoria agradecida o como reclamo a la verdad y a la justicia.

Este evangelio (Jn 11,1-41) nos muestra a un Jesús profundamente conmovido por la muerte de Lázaro. Jesús no esquiva ni huye al dolor humano o a la muerte, sino que se deja afectar. Muy mal anda aquella persona, institución u organismo que da la espalda al dolor o que oculta el sufrimiento de la gente.

La sensibilidad de Jesús ante el dolor y la muerte muestra que su capacidad de hacerse muy humano es lo que más evidencia su ser de Dios. Sería mortífera una vida que apague la sensibilidad o el afecto. Sería muy triste vivir sin respeto, sin ternura, sin bondad.

Jesús hizo que Lázaro volviera a la vida. Del mismo modo abrirá nuestros sepulcros donde se deteriora nuestra humanidad por los miedos, resentimientos, maldades o empecinamientos. Él nos invita a la luz, a caminar hacia el encuentro fraterno: nos invita al camino de la justicia y la paz.

La fuerza del amor es capaz de transformar todo tipo de muerte. Con una ternura, libertad y voluntad inquebrantables como las de Jesús haremos que a la muerte le amanezca la vida para siempre.

Por  P. Gustavo Albarrán SJ

 

Anoche Cuando Dormía 

Anoche cuando dormía, soñé ¡bendita ilusión! que de la muerte salía agarrado del Señor.

Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que un ardiente sol lucía dentro de mi corazón. Era ardiente porque daba calores de rojo hogar, era sol porque alumbraba y porque me hacía llorar.

Anoche cuando dormía, soñé ¡bendita ilusión! que era Jesús quien llamaba dentro de mi corazón.

(Cf. Antonio Machado)