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Producimos vida o producimos muerte (Mateo 13, 1-23)

Publicada en 16 · jul · 2017

16 de Julio de 2017

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo “A”

 

En la Semana 15 del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos invita a reflexionar si somos capaces de producir frutos que den vida y dignidad.

La parábola del sembrador tipifica los condicionamientos que pueden entorpecer la escucha fecunda de la Palabra. Según el evangelista (Mt 13, 1-23) estos aspectos serían: la indisposición (orilla del camino), la poca profundidad en la persona (empedrado / poca tierra) y las seducciones o agobios (espinos).

Para Jesús, la Palabra es la semilla de Dios esparcida y lanza al viento para que, al caer en la tierra que somos cada uno, eche raíz y fructifique. La Palabra es la fuerza creadora e innovadora por la que Dios rehace todo desde dentro. Nosotros somos la tierra que esta Palabra necesita para transformar las realidades por difíciles que sean.

El núcleo de esta parábola está en la dicha o desdicha (gracia o desgracia) a la que se da lugar según sea nuestra actitud ante la Vida. Los que han endurecido su corazón, se han cerrado, por eso, viendo, no son capaces de ver, y oyendo, ni oyen ni entienden. Mientras que los que trabajan su corazón, están abiertos a la verdad y a la justicia, son capaces de revertir las condiciones de muerte y deshacer los nudos de la existencia.

Que seamos terreno empedrado, o camino baldío, o terreno espinoso, o terreno fecundo, va a depender de cómo nos colocamos ante la vida. El que quiera ser trascendente, tendrá que erradicar la rapacidad, el odio, la injusticia y todo lo que cause dolor y muerte a los demás.

Estar en sintonía con Dios pasa obligatoriamente por nuestra capacidad de relacionarnos con la gente y con el mundo. En esta sintonía se decide si nuestro corazón es como el de Dios o, por el contrario, sea un corazón perverso.

Desde esta sintonía con Dios y con la Vida es como puede entenderse lo planteado por Jesús: Al que tiene, se le dará más y tendrá en abundancia; pero al que tiene poco, aun ese poco se le quitara; porque viendo no ve y oyendo no oye ni entiende. Y es así porque quien dice ver, oír y entender, pero se cierra a las personas y a la vida, comienza a morir, aunque crea estar lleno de vida.

Somos tierra de Dios. Tierra buena. Así salimos de las manos de nuestro Dios. Pero en el camino pude que se nos haya ido malogrando la calidad de esta tierra. Dispongámonos a quitar las piedras, espinos o superficialidades que empobrecen la tierra buena que somos, para que abiertos a la novedad de las personas, a la novedad del mundo y a la novedad de Dios, experimentemos la fecundidad en nuestra vida.

Por: Gustavo Albarrán, SJ

 

 

La Palabra

Todo fue maravilla de armonías, en el gesto inicial que se nos daba. Entre impulsos celestes y vibrantes, desde el fondo del color de nuestra alma.

Hasta el aire que anunciaba tempestades, cuando creí mi vida derrumbada. Tu palabra, aún sencilla que animaba, golpeó mi corazón, y se hizo llama.

Un sin fin de nuevas sensaciones transformaron en luz mi madrugada. Suaves fuerzas me alzaron la conciencia, para ponerme justo ahí, con mi vida liberada.

Con tu grata palabra, enternecida, tuvo firmeza mi pisada empobrecida. Tuvo mi fe una luz que acariciaba, al derribar esa pared que a mi alma ataba.

(Cf. Julia de Burgos)