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Inmersión en la Manresa ignaciana. Seis contemplaciones, del P. Francese Riera i Figueras S.J.

 

Compartimos con ustedes uno de los textos recomendados para el mes de agosto por el Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana (CVPI): El autor nos pregunta: ¿Te animas a entrar en tu cueva interior? Y nos va llevando por momentos y lugares de la vida de Ignacio, invitándonos a mirar lo que pasaba en su interior para luego mirar lo que pasa en el nuestro.

 

1. LA CUEVA DE SAN IGNACIO

Ignacio debió de pasar en ella muchas horas de retiro, oración y penitencia, especialmente durante su tercer período manresano, el de las grandes ilustraciones. Seguramente, no durmió en ella más que excepcionalmente. Su proceder no es el del eremita, como lo quiso presentar algún biógrafo de primerísima época. Su vivienda habitual está entre los pobres en el Hospital de santa Llúcia.

 

1.1. Primero, la historia

San Ignacio en los Ejercicios, antes de cada contemplación, propone que partamos del «fundamento verdadero de la historia» [p.e. EE 2] para que nuestra contemplación no deambule ingenuamente cuando se nos invita a recrear la escena del Evangelio. También en este cuaderno antepondremos a cada propuesta de contemplación del san Ignacio manresano unas notas históricas que permitan contextualizar la contemplación.

1.1.1. Los días de Ignacio en Manresa (1522-1523)

Empezaremos nuestras contemplaciones por la Cueva, el lugar más significativo de la Manresa ignaciana. Encima de un bello paraje de cultivos llamado “les Hortes del Corcó”, a 32 m sobre el río Cardener, en medio del denominado “la Vall del Paradís”, en el cerro de Sant Bartomeu, Ignacio encuentra un lugar donde retirarse, un espacio de mayor soledad para su oración y penitencia. Se trata de una de las múltiples grutas excavadas en el Terciario por la erosión del río y de difícil acceso. Ignacio llegaba a ella a través de un camino entre carrascal, zarzas y ortigas; un sendero que pasaría por lo que actualmente es el lateral derecho del Santuario y la antecueva. La Cueva era como un balcón en medio de la roca, encima del río, con una espléndida vista de Montserrat, más o menos tamizada por espesas hierbas y arbustos que proporcionaban un efecto de soledad y calma. Para entrar en ella, era necesario agacharse, pues el espacio era mucho más reducido y de menor altura que el actual.

Es posible que el prior de san Pablo, que al mismo tiempo cuidaba del hospital de pobres donde Ignacio residía, le sugiriera este lugar, porque, desde antiguo, este priorato disponía de espacios solitarios para el retiro de sus miembros en grutas del Cardener. Por tanto, la Cueva podía ya haber sido utilizada por aquellos religiosos.

Eran terrenos que pertenecían a Bartomeu Roviralta, mercader manresano. Su sobrino y heredero Maurici Cardona, en los procesos de canonización de 1606, testifica que la Cueva estaba «bajo una roca, situada en un trozo de tierra de mi dominio, cubierta de maleza y espinas, por un agujero se veía Montserrat». Testifica, igual que hicieron otros testigos, que su tío había visto muchas veces a Ignacio en oración, en la Cueva.

Poco después de que Ignacio se fuera de Manresa, sus amigos plantaron una pequeña cruz tosca en la punta más alta de la roca de la gruta. En 1602, en el Acta de donación de la Cueva a Lucrecia de Gralla, el donante, Maurici Cardona, testificó que «sobre la Cueva del Santo había una cruz de madera».

1.1.2. Apéndice. La Cueva se va convirtiendo en «santuario»

En 1598, el capuchino Jeroni Forés, en un sermón en la iglesia de La Seu, recrimina a la ciudad el abandono de la Cueva, de modo que los Consellers de la ciudad deciden reforzar la cerca. En 1601, se colocan una imagen de Ignacio y una lámpara, y en el exterior, entre la maleza, una cruz de madera.

En 1603, Lucrecia de Gralla la donó a la Compañía de Jesús. El mismo año, el obispo de Vic, Robuster i Sala, edifica una pequeña capilla encima de la Cueva. Esta construcción, que irá ampliándose durante los años posteriores, es la que dará lugar a la primera casa de Ejercicios.

Por el lado del río, se cierra con un muro que tiene una pequeña ventana orientada a Montserrat y se cambia la puerta (al poco tiempo, en 1625, se pondrá la tercera, la que se conserva en la antecueva). Por su parte, la ciudad arregla el camino de acceso.

En 1606, los jueces del proceso de canonización testifican haber encontrado en el interior de la Cueva ciento treinta exvotos. Además, los domingos se enciende una lámpara. El recinto era tan pequeño que solamente cabían diez visitantes, por eso se amplía el espacio hasta 6,50 x 1,75 x 2,10 m de alto. En 1660, se alargará nuevamente hasta 11,50 metros y se rebajará un poco más el suelo.

En 1666, se termina la fachada ba- rroca exterior y en pocos años se acaba la ornamentación interior con el altar y el retablo (1670), todo ello obra del escultor Joan Grau, con la ayuda de su hi- jo Francesc y su discípulo Josep Sunyer.

 

Francesc Riera, sj. Ha sido director de Cristianisme i Justícia desde casi sus inicios y a lo largo de 25 años, y después de la Cueva de San Ignacio de Manresa. Actualmente coordina la colección de cuadernos de espiritualidad ignaciana EIDES. Relacionado con los barrios populares ha preparado materiales pedagógicos comentando los evangelios sinópticos (5 volúmenes editados en catalán y en castellano). Tiene diversas publicaciones sobre Ejercicios en la Vida Ordinaria, entre los cuales el cuaderno publicado en esta misma colección, Acompañamiento en los Ejercicios en la Vida Diaria (EVD), EIDES, nº 55.

 

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