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Erradicar cegueras que matan la verdad, la esperanza y la dignidad (Juan 9, 1-41)

Publicada en 26 · mar · 2017

Domingo 26 de Marzo del 2017

4ª Semana de Cuaresma – Ciclo “A”

Al llegar a la 4ª semana de Cuaresma, la Liturgia nos invita a un cambio radical, pidiendo que salgamos de toda ceguera que mata la verdad, la convivencia, la justicia, la esperanza y la dignidad.

La curación del Ciego de Nacimiento (Jn. 9,1-41) es la manifestación expresa de un Dios que se implica en la situación concreta de desgracia, dolor o sufrimiento de una persona, comunidad o pueblo para cambiar su suerte, restituir su derecho y devolverle la vida y la paz.

Los primeros que notan la novedad de la curación del Ciego de Nacimiento son los suyos, pero no pasan de la simple expectación o asombro. Y es que no es fácil aceptar o reconocer que las personas y las situaciones cambian. Sólo nos abrimos a la novedad y al cambio si somos capaces de valorar, amar y defender a las personas y cuánto más a las indefensas.

Sorprende en este Evangelio la ceguera de los fariseos (de ayer y de hoy) para reconocer la actuación de Dios. Se enquistaron en el poder y el legalismo, provocando diálogos y escrutinios viciados sin querer enterarse de nada sino reafirmarse en sus ideologías y convicciones, por ello, cayeron en la perversidad del abuso de poder. No fueron capaces de entender el dolor ajeno ni descubrir la alegría ajena. Así perdieron la gran ocasión de entrar en sintonía con la vida, la gente y con Dios.

A propósito de la actuación ciega y cegadora de los fariseos, Jesús dice: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que dicen ver, se queden ciegos”. Es decir, que Dios no admite componendas. Lo único que vale para Dios es aquella actuación que se hace sensible al mal, al dolor, a la pobreza y a la injustica y, en consecuencia, se implica en su erradicación.

¿Podemos quedarnos paralizados o de brazos cruzados ante la injusticia, la mentira, la miseria y el sufrimiento de la gente? ¿Es más grande nuestra ideología política, religiosa o cultural que la dignidad de las personas? ¿Podemos avalar la desgracia de una persona o grupo humano amparados en nuestras convicciones? Esto es la ceguera que repudia nuestro Dios.

En contraposición a la ceguera humana, que tuerce leyes, testimonios, protocolos y sentimientos, está, tanto la palabra abierta y portadora de sentido de Jesús que desbloquea los circuitos del poder, como su cercanía y bondad para romper miedos y abrir a la luz de la esperanza. La curación de la ceguera es un grito permanente a la justicia, a la misericordia y a la libertad. Nada hay ya que no pueda cambiar.

También nosotros, como el Ciego de Nacimiento, estamos necesitados de la curación de Dios. Que el Señor haga lodo y nos unte los ojos con el barro de la verdad, del derecho, la misericordia y la autenticidad, para que una vez lavados a profundidad nos abramos a la justicia, al reencuentro, a la vida y a la paz.

Por  P. Gustavo Albarrán SJ

No Soy Ciego, Padre, No

Qué ciego es el mundo, padre. Qué ciegos los hombres son. Piensan, padre, que no existe, más luz que la luz del sol. Al cruzar por los paseos, cuando por las calles voy, oigo que hombres y mujeres, tienen de mí compasión. Que juntándose uno a otro, dicen bajando la voz: ¡Pobre ciego, que no ve la luz del sol!

Mas yo no soy ciego, padre; no soy ciego, padre, no. Hay en mí una luz divina que brilla en mi corazón. El sol que a mí me ilumina es de eterno resplandor. Mis ojos, padre, son ciegos. Pero mi espíritu… no. Cristo es mi Luz, es el día, que me da brillo y color. No se apaga en la noche, ni en el sombrío crespón. Tal vez por eso no hiere, el mundo mi corazón; cuando dicen: ¡pobre ciego, que no ve la luz del sol!

Hay muchos que ven el cielo y el transparente color, de las nubes, de los mares, la perpetua agitación. Pero sus ojos no alcanzan a descubrir al Señor, que tiene a leyes eternas sujeta la creación. No veo lo que ellos ven, ni ellos lo que veo yo. Ellos ven la luz del mundo. Yo veo la luz de Dios. Y cuando ellos murmuran: ¡pobre ciego! digo yo: ¡pobres ciegos que no ven, más luz que la luz del sol!

(Autor Anónimo)