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Encender nuestro corazón para construir espacios de vida, dignidad y esperanza (Juan 14, 1-12)

Publicada en 14 · may · 2017

Domingo 14 de Mayo del 2017

5to Domingo de Resurrección – Ciclo “A”

 

Estamos ya en la 5ª Semana de Resurrección y la Liturgia nos invita a establecer con Jesús una relación arraigada en su amistad y que afiance la vida, la dignidad y la esperanza.

El Evangelio que reflexionamos y oramos esta semana (Jn. 14,1-12) plantea que todos tenemos un espacio o sitio junto a Dios. Más concretamente, Jesús dice: Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones… voy a prepararles un lugar.

Qué bueno experimentar que todos tenemos lugar, espacio. Dios mismo nos hace espacio, nos da lugar. La persona no tendría vida sin un lugar, sin un espacio. Así como somos seres de inteligencia, sensibilidad, relación, etc., también somos seres de lugares: “homo locus”. Pero no cualquier lugar, sino donde podamos descubrimos capaces de amar y ser amados, de acompañar y ser acompañados, de contribuir y ser productivos, de realizar y sentirnos realizados.

Todos sabemos que este Evangelio antecede a la pasión y muerte de Jesús. Por tanto, cabe preguntar por qué colocarlo en contexto de Resurrección. Y la razón no es otra que la misma actuación de Jesús. Él ha anticipado aquí en la tierra que el destino definitivo del hombre y la mujer no es otro que Dios: Somos de Dios. Incluso, como afirma San Pablo: Nada nos separará del amor de Dios (Romanos 8, 35-39).

Las personas aprendemos muy rápido la cruda lección de la separación, bien sea por la pérdida física de seres queridos, por mudarnos a otro lugar y hasta por el desencuentro tras malograr la convivencia. Aunque también hay separaciones, distancias o alejamientos que resultan sanadores, porque se convierten en pedagogía especial del crecimiento y la madurez.

Jesús ha dicho: No pierdan la paz… volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, estén también ustedes. Para Jesús, nada puede impedir que volvamos a encontrarnos, aun después de los conflictos. Ni siquiera la muerte puede separarnos para siempre. Sin embargo, cuánto nos cuesta la unión, el consenso, el entendimiento. Olvidamos que la capacidad de encontrarnos es lo que realmente arraiga y mueve nuestra existencia.

Este encuentro será siempre una aventura que exige riesgos. Cuando Tomás preguntó: cómo se puede saber el camino, Jesús le respondió: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Y es que la ruta de libertad, autenticidad y generosidad vivida por Jesús, pone de manifiesto la poderosa y a la vez sencilla energía transformadora de Dios, que hace nuevas todas las cosas. Por eso Jesús atrae, enciende el corazón y nos lanza.

Muéstranos al Padre y nos basta, dijo Felipe, otro discípulo. La verdad es que para ver al Padre hace falta estar con Jesús, así es como conoceremos al Padre. Más aún, necesitamos actuar como Jesús para que nuestra actuación sea muy buena, como la de Dios Padre. Esto sí que puede bastarnos, porque nos lanzaría a establecer relaciones, amistades y compromisos con las personas que liberen para planos superiores de cambio y comunión.

Que vayamos más allá de una amistad que posee y atrapa a Jesús y más allá de una fe que saca o aísla del mundo, para que con libertad, audacia y generosidad, construyamos lugares y espacios de vida, dignidad y esperanza.

  Por: Gustavo Albarran, SJ.

Nos Creaste para Ti

 Hay aquí un hombre que te quiere alabar. Un hombre que es parte de tu creación y que, como todos, lleva siempre consigo por todas partes su mortalidad y el testimonio de su pecado. El testimonio de que tú siempre te resistes a la soberbia humana.

Así pues, no obstante su miseria, ese hombre te quiere alabar. Y tú haces que encuentre gozo en tu alabanza; porque “nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.

Haz pues, Señor, que yo te busque y te invoque…; creyendo en ti… Te invoca mi fe. Esa fe que tú me has dado, que infundiste en mi alma por la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de aquél que tú nos enviaste para que nos hablara de ti…

Dime pues, Señor, por tu misericordia, quién eres tú para mí. Dile a mi alma: “Yo soy tu salud”. Y dímelo en forma que te oiga. Ábreme los oídos del corazón…, y corra yo detrás de esa voz, hasta alcanzarte.

 

(Confesiones de San Agustín, Libro I: Cap. 1,1 y 5,1-2)