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PALABRA DE LA CPAL – JULIO 2017: LA COMPAÑÍA ES UNIÓN EN CRISTO

 

No hay campo humano vedado para los Compañeros de Jesús. Allí donde sea posible reconocer y trabajar por la dignidad de las personas y las comunidades para crecer juntos a la medida de La Imagen que es Cristo Jesús, puede haber un jesuita ejerciendo su vocación: colaborar en la misión del Cristo.

Toda realidad humana es lugar teológeno: donde la Divinidad aparece y se manifiesta, y por eso puede ser lugar teológico: donde lo divino es experimentado y comprendido, y al mismo tiempo lugar pastoral: donde la fraternidad se manifiesta en el servicio de unos y otros. Esta especial densidad de nuestra vida se funda en el misterio de la encarnación: Dios en su incomprensibilidad absoluta se manifiesta en la limitación de nuestras culturas, historias, personas, pueblos. El misterio revelado, el continente contenido, el infinito limitado, el Otro hecho cercano.

Esa es una dinámica divina que excede nuestra comprensión y que requiere de nosotros –diariamente – lo mejor de los recursos espirituales que tenemos: una experiencia positiva de la realidad (Principio y Fundamento), la práctica constante de discernir el Espíritu (desear y elegir), y una actitud de reconocer que todo es don y gracia (contemplación en la acción).

La CG 36 fue inspirada por el recuerdo de San Ignacio y los primeros Compañeros que durante su estancia en Venecia “no se mantuvieron siempre juntos” sino que se dispersaron asumiendo tareas diferentes; y que en medio de esa dispersión y multiplicidad de tareas y carismas “vivieron la experiencia de formar un único grupo y de permanecer unidos en el seguimiento de Cristo”. Y continúa: “También nosotros, jesuitas de hoy, nos entregamos a formas de apostolado variadas, que con frecuencia exigen especialización y consumen energía, pero si olvidamos que somos un cuerpo, unidos en y con Cristo, perdemos nuestra identidad como jesuitas y la capacidad de dar testimonio del Evangelio. Más que nuestras competencias y habilidades, lo que da testimonio de la Buena Noticia es la unión entre nosotros y con Cristo” (No. 7).

Tenemos el desafío de que nuestra misión se haga concreta en acciones, propuestas, proyectos, instituciones que promuevan, ayuden y demuestren con hechos y palabras lo que Dios quiere que suceda entre los hombres. Pero ese servicio –si es realizado en el Espíritu – produce y se alimenta a la vez, de una dinámica consciente de identificación personal y comunitaria con Jesucristo; dinámica que no es sólo ni principalmente contenido, idea, metodología, sino: presencia, conversión, liberación, misterio de salvación que instaura una nueva relación entre las personas, con cosas y con Dios.

Nada de eso ocurre sin oración personal seria, profunda, preparada, evaluada; nada de eso ocurre sin examen consciente de nuestras actitudes y decisiones cotidianas; nada de eso ocurre si no hay celebración común de la fe. Y allí, entre la declaración y la realidad, es donde se juega nuestra fidelidad a la vocación a la cual fuimos llamados y, en último término nuestra felicidad y nuestro testimonio de vida. Estoy convencido de que el mayor desafío que tenemos personal y comunitariamente en este mundo actual – y lo digo como una confesión de mi propia experiencia frágil y pecadora – es la recuperación (si necesaria) y la manutención cotidiana de una experiencia profunda de oración, de examen, de celebración de la fe.

La Compañía de Jesús es una Unión y no una Unidad, solía insistir el P. Kolvenbach. Pues bien, sólo si permanecemos activamente unidos en y con Cristo podremos ser verdaderamente Compañeros de Jesús.

 ROBERTO JARAMILLO BERNAL, S.J.

Julio / 2017

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