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Ignacio y el Gobierno de la Compañía Universal

Muchos hablan del joven Ignacio de Loyola como militar. Por eso, dicen, la Compañía tiene un gobierno con obediencia de estilo militar. Pero en realidad el joven Ignacio fue más aprendiz de cortesano que militar. En la época esta función de gobierno implicaba también habilidades militares. Pero su especialidad era la corte, con sus negociaciones y relaciones, más que el campo de batalla. Se ajusta más a esta imagen los adjetivos que le confiere Víctor Codina[1] a Ignacio como Superior General de la Compañía: “estratega y eficiente”. Pero para cuando Ignacio asume el gobierno de la recién fundada Compañía de Jesús ya predomina en él su “dimensión mística”[2].

El tiempo de Ignacio fue el comienzo de la modernidad y, por tanto, de la globalización. El mundo europeo se abre al comercio cada vez más activo con el Oriente, y a los nuevos territorios que se descubren con el avance de la tecnología de la navegación. El despertar industrial reclama más materias primas y nuevos mercados y el avance de la ciencia produce innovaciones tecnológicas nunca antes imaginadas.

La Compañía de Ignacio es muy poco institucionalizada. Es una Compañía “ad dispersionem” hacia misiones diversas, en multiplicidad de lenguas y culturas. No es el gobierno de instituciones sino de hombres para la misión. Pocas eran en tiempos de San Ignacio las instituciones jesuitas y muchos los misioneros.

Cuando la Congregación General 36 se plantea el Gobierno como uno de sus temas centrales lo hace en una Compañía, y un  mundo, fuertemente institucionalizado. Colegios, universidades, grandes centros  sociales, de espiritualidad o de comunicación,…

Pero también en una Compañía que se siente llamada a las fronteras, convocada a salir de sus instituciones y encontrar los retos en un mundo en rápido y constante cambio.

¿Cómo responder a la invitación del Papa Francisco de ser una Iglesia en salida, que se mezcla en las plazas de las periferias con el pueblo y se contamina con el olor a oveja y, al mismo tiempo, gobernar la complejidad institucional construida en los últimos dos siglos?

San Ignacio quiso una orden de caballería ligera, con grande movilidad, disponible para fronteras y periferias. Por eso no quiso conventos ni estructuras pesadas de coro y oraciones. Pero eso requiere estructuras de gobierno más ligeras y flexibles, con mejores antenas para detectar las fronteras.

Para ello se requería una identidad fuerte, la que brotaba de los Ejercicios Espirituales; una misión clara, de servicio de la fe y promoción de la justicia en las fronteras más difíciles; y una fuerte ligazón a una estructura sólida que le diera estabilidad: el servicio a la Iglesia y su Pontífice.

Requería en el Superior una mente abierta, la flexibilidad que nace de la identidad fuerte y la misión clara, la información necesaria para acertar en las decisiones, la actitud de escucha al espíritu connatural a la práctica del discernimiento: estrategia, eficacia y mística.

Por eso Ignacio dotó al Superior de instrumentos de información adecuados: informes, cartas anuales, comunicación regular, consulta, representación en la obediencia. Todo como insumos para la mística de ojos abiertos que es el discernimiento, para la búsqueda colectiva de la voluntad de Dios sobre la acción del grupo[3].

Hoy más que nunca los instrumentos nos permiten la información adecuada y rápida en este mundo global e intercultural. Las redes nos facilitan la construcción colectiva del conocimiento sobre la realidad y la acción conjunta que tenga incidencia pública.

Necesitamos saber integrarlas a las estructuras de gobierno y dotar a éstas de la mística que permita no reducir el gobierno a análisis técnicos de la realidad y ejercicios de planificación, ni a un autoritarismo “en el nombre de Dios”, sino que sepa utilizar todos los instrumentos posibles para la práctica del discernimiento de la misión.

 

Jorge Cela, SJ



[1] Escritos Ignacianos, Cochabamba, 2014.

[2] Idem

[3] Nos dice Víctor Codina citando la parte X de las Constituciones: “Y San Francisco y otros bienaventurados, aunque esperaban en Dios, ”mas no por eso dexaban de poner los medios más convenientes para que sus casas se conservasen y se aumentasen para maior servicio y maior alabança de la su divina majestad; que de otra manera pareciera más tentar al Señor a quien servían, que proceder por vía “Porque la Compañía, que no se ha instituido con medios humanos no puede conservarse ni augmentarse con ellos, sino con la mano omnipotente de Cristo y Señor Nuestro, es menester en El sólo poner la esperanza de que El haya de conservar y llevar adelante lo que se dignó comenzar para su servicio y alabanza y ayuda de las almas” Idem.