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Apuntes sobre el Fabro de las Cartas. Por: P. Juan Ochagavía, SJ

 

La reciente canonización de San Pedro Fabro (2013) me hizo volver a sus escritos. Estas páginas son simples apuntes, resultado de una lectura cuidadosa de sus cartas. Hay muchos y buenos estudios sobre Fabro, pero no los he consultado aquí. Mi impresión es que hoy puede él decirnos cosas que necesitamos urgentemente, en una Iglesia que desea renovarse según el gozo del Evangelio.

Dedico estas páginas a mis hermanos jesuitas, en especial a los que, preparándose para el sacerdocio, viven y estudian en el teologado Pedro Fabro. Mi deseo es que puedan encontrar en él un modelo válido en su camino al sacerdocio de la Compañía de Jesús, tan marcadamente centrado en el anuncio de la Palabra y en dejarse conducir por el Espíritu.

 

Por siglos la santificación del jesuita Pedro Fabro (1506-1546) se había detenido en el nivel de beato, sin subir a santo, pese a ser admirado y muy querido en el mundo ignaciano. Tuvo que venir el papa Francisco para que, a la primera insinuación de sus devotos, lo canonizara “por proceso breve”. La alta calidad espiritual de este primero y simpático compañero de San Ignacio se refleja en su Memorial, donde narra agradecido las gracias recibidas de Dios. Este es el Fabro que la gente conoce.

Pero hay otro Fabro, el de las cartas, el de los múltiples contactos, el del incesante dar los Ejercicios, el de la promoción de vocaciones, el confesor, el de la reforma católica, que casi nadie conoce. No es fácil meterse en sus cartas, que están escritas en varios idiomas, a menudo entremezclados dentro de la misma carta y hasta en una misma frase. Pasa como sin darse cuenta del latín al castellano, al francés y al italiano. Ignacio lo retaba por este su descuido en escribir, porque quería que las cartas circulasen para mantener viva la unión de los ánimos entre los jesuitas dispersos. Pero él se defendía diciendo que estaba demasiado ocupado y que no tenía tiempo para cuidar el estilo. En realidad no tenía tiempo porque estaba siempre de viaje, cumpliendo las misiones que le encargaba el Santo Padre por toda Europa, especialmente en Italia, Alemania, Flandes, Portugal y España.

 

I — Esbozo general del Fabro de las cartas

Inspirado en el Jesús itinerante de los evangelios, Fabro es el hombre tomado por Jesucristo en su misión de servir al reino del Padre. Los saludos y despedidas de sus cartas, en nada palabras clichés, muestran al enamorado del Señor y entregado a su causa.

Encarna el ideal ignaciano de discurrir, enviado por el Papa, de una parte a otra sirviendo al bien más universal. Experimenta la profunda alegría de estar siempre en camino al servicio de la Iglesia peregrina, a la vez con un profundo anhelo de la Patria eterna.

Su apostolado está marcado a fuego por los Ejercicios Espirituales aprendidos de su amigo Ignacio. Son su fuente y método para acompañar personas e instituciones en su crecimiento en Cristo y reformar la Iglesia. Los exprime hasta lo último y saca provecho de ellos para sí mismo y los demás.

En sus misiones toca los puntos más candentes de la reforma de la Iglesia. Se relaciona con personas grandes y con gente sencilla. Trata con obispos, nuncios, delegados papales, dietas y coloquios de reforma, monasterios y universidades. Pero tiene siempre un perfil humilde y sencillo que gana los corazones y genera confianza.

Su caridad es viva y ocurrente hacia los dolidos, los en peligro, los pobres. Nunca deja de servirlos en sus necesidades, creando para esto instituciones permanentes y duraderas.

Su vida espiritual se alimenta de la Palabra de Dios, que la asimila y comunica a otros mediante los Ejercicios Espirituales. Formado en esta escuela, vive siempre en contacto con Dios y atento a los sentimientos y toques interiores del Espíritu que lo mueve a grandes deseos.

Vive y actúa con una conciencia agradecida de ser dirigido por el Espíritu Santo. A la vez, desea de corazón la obediencia a Ignacio, que le proporciona el gozo de saberse enviado en misión por el Papa, representante de Cristo.

Ama la Palabra de Dios y es fuerte en la teología de su tiempo. Pero no cree que mediante discusiones teológicas se vaya a lograr la unión con las iglesias de la reforma de Lutero y Melanchton. Cree, eso sí, en el diálogo comprensivo y respetuoso, que mueve a la reforma de las costumbres.

Está lejos de sus queridos “amigos en el Señor”, pero se mantiene unido a ellos por su estar “en Cristo”, que anula las distancias. Lo liga un intenso vínculo afectivo que hace que todo el tiempo los tenga presente y que les reclame y les exija cuando las cartas escasean o se retrasan. Siente un amor especial a Ignacio y Francisco Javier, sus compañeros de cuarto, cuando fueron estudiantes en la universidad de Paris.

Ama la naciente Compañía de Jesús y se ocupa de traerle nuevos miembros. Impresiona ver a tantos atraídos por su persona y que lo buscan para discernir su ingreso a la Compañía. Esto le refuerza su notable paternidad espiritual. Pero ayuda a discernir sin fanatismos, invitando a cada cual a encontrar el llamado de Dios, orientándolo también a otras órdenes religiosas y a la misión laical.

Se interesa por la formación de los jóvenes jesuitas y de su adelanto espiritual y académico. Les buscar casa adecuada a sus estudios y financiamiento para pagarlos.

Ignacio y sus primeros compañeros son como arañitas tejiendo desde diversos rincones geográficos y culturales del mundo el cuerpo de la naciente Compañía.

 

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